El tiempo y los grillos


MENCHU GUTIÉRREZ     14 Mayo 2005

En el año 1990, el artista británico Richard Long realiza un viaje a pie desde la costa norte a la costa sur de España. Uno de los resultados de este viaje es la obra que titula: Línea de sonido. Una litografía sobre papel, de dos metros de altura, en el que transcribe el camino recorrido, transformado en memoria sonora. Una colección de palabras, de anotaciones, que hacen referencia a los sonidos que han hecho su aparición durante el viaje.

Línea de sonido comienza: "Rugido del oleaje en Ribadesella / Un río atronador en el desfiladero de los Beyos / Un busardo maullando cerca de Horcadas / Un puerco chillando en Salices del Río / Un perro ladrando en Sahagún

...". Y así, después de escuchar el crujido de la nieve en el Puerto de las Fuentes, el canto de un gallo o el croar de una rana cerca de Almadén, el último registro de este cuadro, de este poema diferente, lee: "Rugido del oleaje en Málaga".

De este modo, del sonido del oleaje de Ribadesella al sonido de las olas en la costa andaluza, Richard Long construye un itinerario para la poesía: pide que reproduzcamos con él todo lo que está adherido al sonido y que de pronto éste, por su mera evocación, hace visible.

El graznido de un ave, el chasquido de una rama o el ladrido de un perro se convierten así en hitos de sonido, piedras sonoras que marcan un punto del camino. Y cuando en la litografía de Long, leemos: "Hogueras crepitando cerca de Moriles", nosotros pintamos el oro y el hilo rojo de las llamas, y la oscuridad que rodea a esa hoguera de la que sólo nos dicen que crepita.

Extraer sonido de un papel aparentemente silencioso. Así construyó Matsuo Basho muchos de sus haikus: "Silencio / la voz de la cigarra / penetra las rocas". Incluso al hacerlo desaparecer mediante una imagen, la ausencia del sonido resucita el sonido: "En la cima de un árbol / el cadáver / de una cigarra". Quizá nunca antes habíamos escuchado el canto de la cigarra con más intensidad que, ahora, enfrentados a su cadáver. En su libro Las montañas de la mente -un recorrido histórico sobre la poderosa fascinación que la montaña ha ejercido en la humanidad, desde la Ilustración y los románticos, a los grandes escaladores-, Robert Macfarlane nos habla de Francis Galton, un gran cartógrafo británico que, a finales del siglo XIX, tuvo la gran idea de combinar por primera vez los mapas con símbolos indicativos de los sistemas meteorológicos, prototipos que hoy reconocemos en nuestros "mapas del tiempo". Galton pensaba que los mapas no sólo debían informar sobre distancias o características de un terreno, y soñaba con un mapa que indicase olores o sonidos de un lugar: "El de algas, pescado y alquitrán de los pueblos costeros... el chirrido incesante y bullicioso de los saltamontes, los ásperos graznidos de los pájaros tropicales... el acento de una lengua extranjera".

El mapa de Japón de Galton habría estado lleno de haikus, como el de Masoaka Shiki -"Templo de Kanei / al ritmo del gong / reza el cuclillo"-, en el que la mesmérica superposición de sonidos es indisociable de la imagen del templo.

Para estar donde no es posible estar, para alcanzar lo inalcanzable, la poesía, apoyada en sus múltiples lenguajes, crea espacios intermedios, aprende a introducirse por las rendijas de los sentidos.

A no ser que el artista haya traspasado este reino. Como el pintor Li Sixun, a quien el emperador chino Xuanzong envió al valle del río Jialing, con el deseo de que reprodujera la belleza de aquel paisaje en las paredes de su palacio de Datong. El realismo de su obra causó la admiración de todos. El emperador, sin embargo, se quejaría un día ante el artista: las cascadas que había pintado producían un sonido ensordecedor, y no le dejaban dormir.

"Silbando sobre el río Guadalhorce", escribe Richard Long. Y el agua desciende su volumen y corre de nuevo mansamente. La línea de sonido se transforma sin cesar. Hace algunos meses, se recuperaba una emocionante grabación de cante jondo. Cuando el conocido cantaor gitano, Camarón, tenía apenas quince o dieciséis años, paraba muchas veces en la famosa Venta de Vargas, gran santuario del cante de aquel tiempo. Allí, una noche, el dueño de la venta grabó la voz de Camarón en su aparato magnetofónico. Y sucedió algo prodigioso. La venta se encontraba junto a la carretera; al otro lado, el campo abierto. Es una noche de verano, y puertas y ventanas de la venta están abiertas. Camarón canta una seguiriya; de vez en cuando, se escucha el paso de un camión; después

... el canto de los grillos. Entre la voz y el sonido de la guitarra, con la que él mismo se acompaña, el maravilloso canto de los grillos.

Acostumbrados a escuchar grabaciones de voces de personas hace mucho tiempo muertas; la voz, despojada de toda otra referencia, limpia de cualquier mota de polvo sonoro, nos llega impoluta, aséptica, salvo por la emoción que en sí misma suscita. De pronto, escuchamos el canto de los grillos, y ese canto nos devuelve la imagen de la venta, el calor del verano, el contraste entre el interior luminoso de la venta, habitado, y la oscuridad del exterior, iluminada sólo por el canto de los grillos. Es la voz de los grillos la que reconstruye el tiempo.

Volvemos a la Línea de sonido de Richard Long y pensamos que, cerca de la costa andaluza, alguna noche de su viaje a pie, los descendientes de aquellos grillos debieron de formar parte de la línea sonora que el artista comenzara a trazar en Ribadesella.

Los grillos llevan alojado un reloj en su interior, y éste late, libre del peso de la palabra. Continuando la línea del sonido, los grillos recogen el testigo de un perro que ladra y se lo entregan al mar.

FERNANDO VICENTE

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