Hielo, ámbar

MENCHU GUTIÉRREZ   22 Marzo 2008 

El último libro de Aníbal Núñez, publicado póstumamente en forma de plaquette, se titulaba Cristal de Lorena. Hacía referencia el poeta a esas láminas de cristal tintadas de color pardo o sepia, que muchos artistas y viajeros del siglo XVIII utilizaron para contemplar el paisaje, buscando así una visión que se acercara al ideal de luz creado en los cuadros del pintor del barroco Claudio de Lorena. Escribe Aníbal Núñez sobre el "barniz translúcido", el "cristal ambarino que amortigua la desazón / el excesivo resplandor", medita sobre las "mieles celestes" que atesoran los años.

Fuera o no el deseo del poeta, el efecto que el título ejerce sobre el libro es el de un hechizo, la misma clase de magia que se desencadena cuando el insecto queda atrapado en la resina y se inicia la formación del ámbar: también su poesía parece leerse a través de una lámina caramelizada, y la experiencia poética es la del ámbar: como si los poemas fueran los insectos que han sido capturados en su interior. La cárcel del ámbar, sin embargo, es vivida como una imagen sosegante. Igual que la tinta de color sepia con la que de pronto parecen haber sido escritos los poemas.

Frente a este color dorado, evocación del fuego, de un matiz del sol poniente que hubiera de pronto cristalizado, recordamos otra clase de prisión, de frío color blanco ésta, la que construye el hielo.

En su libro Gargantúa y Pantagruel, la poderosa imaginación de François Rabelais recrea una fascinante escena en la que, estando en alta mar, Pantagruel comienza a escuchar voces de hombres, mujeres, niños y caballos. Recuerda a Antífanes y cómo a su entender, la doctrina de Platón "era semejante a las palabras que cuando son proferidas en ciertas comarcas durante riguroso invierno, se hielan y se cristalizan con el frío del aire y no son oídas. Del mismo modo, lo que Platón enseñaba a los niños apenas era comprendido por ellos cuando llegaran a viejos". Se pregunta si no se encontrarán "en el lugar en el que se helaron las palabras". Entonces, el piloto le informa de que su barco ha alcanzado "el confín del mar glacial", de que han llegado al mismo lugar donde, un año antes, cerca de la conclusión del invierno, se había librado una gran batalla. Las palabras y los gritos de los combatientes, el choque de las masas, los golpes de los arneses y de las alabardas, los relinchos de los caballos, todos los sonidos de la batalla vivían desde entonces encapsulados en el hielo. Ha comenzado el deshielo. Panurgo recuerda que en la falda de la montaña en la que Moisés recibió las Tablas de la Ley, sus seguidores "veían las voces". "Entonces nos lanzó sobre cubierta a manos llenas palabras heladas, que parecían grajeas perladas de diversos colores. Vimos allí palabras de gules, palabras de sinople, palabras de azur, palabras de arena y palabras doradas, las cuales, al ser un poco calentadas entre nuestras manos, se fundían como la nieve y eran oídas realmente...".

La prisión caliente del ámbar y la cárcel fría del hielo: diríamos que ambas metáforas actúan como poderosas metáforas de la maduración y el sueño de las palabras, como picos de una sensibilidad extrema capaz de hacer cristalizar el tiempo.

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