La palabra y el tacto


MENCHU GUTIÉRREZ      26  Febrero 2005

En Utamaro y sus cinco mujeres, la bellísima película de Kenji Mizoguchi, vemos al pintor japonés enfrentado al problema del retrato femenino. Utamaro se siente maniatado por las estrictas normas de la estética de su tiempo, por el acartonamiento de la imagen. ¿Cómo dotarla de emoción? Ha oído hablar de la belleza de la piel de una cortesana que está a punto de ser tatuada por un artista local y decide ir a visitarla. Cuando Utamaro ve la espalda desnuda de la bella Takasode, siente el impulso de convertirla en un lienzo y de pintar directamente sobre ella. El retrato cobra vida sobre la piel deslumbrante de la mujer.

También el libro es una piel extendida y hay un escritor que persigue el encuentro con ese medio en el que su palabra cobrará vida al tacto. Para escribir el tacto la palabra debe extender sus dominios a otras geografías. Como en el mapa de la norteamericana Elisabeth Bishop: "Estas penínsulas toman el agua entre el dedo pulgar y el índice / como las mujeres al palpar la suavidad de las telas".

Dedos de tierra que palpan el agua como un corte de seda, palabras que se convierten en dedos. Podría decirse que donde había muñones a la poesía le crecen dedos, y que esos dedos son capaces de recuperar una memoria perdida, incluso un apunte del tacto, un roce fugaz.

No basta con citar los elementos que confluyen en el roce de un dedo y una espalda desnuda; la palabra debe proveerse de huellas dactilares, de antenas o de remos sensibles como las que ayudan a ciertos organismos celulares a desplazarse por un medio acuoso.

Dedos que piensan también, lengua que sonda.

"Ha venido tu lengua; está en mi boca como una fruta de la melancolía. / Ten piedad en mi boca: liba, lame, amor mío, la sombra".

De algún modo todo queda dicho sobre el tacto en este maravilloso poema de Antonio Gamoneda. Máxima extensión del tacto en este oscuro beso, una lengua que se estira en todos los sentidos para tocar, lamer, no ya superficies, sino la fuente de la textura. Esta lengua dice que la superficie es sólo eco de una realidad inalcanzable, impalpable.

Hay tacto en la lengua, tacto en el universo de piel del que ama, tacto en la yema de los dedos del que avanza con los ojos cerrados.

La ceguera intensifica el poder conocedor del tacto, y un ciego puede leer en las nervaduras de la hoja de un árbol que aún no han ganado relieve en la superficie, anticipar esa emergencia antes de que el otoño, al secar el verde, deje a la vista esos canales, como las venas cada vez más visibles en las manos de la persona que envejece.

La palabra que quiere comunicar tacto debe de algún modo apagar el resto de los sentidos para intensificar ese poder, debe, por así decir, perder la vista para dotar a esas yemas de unos ojos microscópicos, hacer que la piel vea también. En la escala de la piel, poner ojos, oídos, nariz, lengua. Entonces, igual que los dedos del ciego leen en el Braille y realizan una trasfusión de sentido a través del tacto, debe la palabra abandonarse a su traducción táctil.

En el tacto están nuestro mundo y otro, nuestra textura y otra, la temperatura de la vida y la temperatura de la muerte.

En el poema de José Watanabe, Mi ojo tiene razones, el poeta recuerda una tarde, junto al rompeolas, en la compañía de una mujer. Reconstruye lo que quizá le dijo, lo que quizá hicieron juntos; no lo recuerda. Sólo recuerda una ecuación de texturas sobre el que parece girar toda la escena.

En algún momento, sobre una roca, ella recogió su falda: "Era particularmente raro / el contraste de su muslo blanco contra la roca gris; / su muslo era viviente como un animal dormido en el invierno, / la roca era demasiado corpórea y definitiva. / Hubiera querido inscribir mi poema en todo el paisaje, / pero mi ojo, arbitrariamente, lo ha excluido / y sólo vuelve con obsesiva precisión / a aquel bello y extremo problema de texturas: / el muslo / contra la roca".

¿Quiénes son los escritores del tacto? Los que consiguen que el frío de sus palabras entumezca nuestra piel; los que generan con sus palabras cuchillos, agujas, alfileres o hachas como la que Kafka imaginaba hendida en mitad de su cabeza. Determinadas palabras están envueltas en un huevo de seda que ellas mismas han segregado. Hay una literatura del escalofrío, y una literatura del miedo que transmite ese otro tacto, anticipatorio, el de la piel que tantea en la oscuridad, al borde del abismo.

Y si el saltimbanqui camina sobre las manos, hay un amante diferente que coloca las caricias en los dedos de los pies, como en el pie anhelado de Fumiko, de la novela de Tanikazi. Hay un tacto definitivo, el de las sentencias proféticas, que se escribe en la piel como un tatuaje. Como en Ezequiel: "Profetiza sobre estos huesos, y diles: Huesos secos, oíd palabra de Jehová

... Y pondré tendones sobre vosotros, y haré sobre subir sobre vosotros carne, y os cubriré de piel". Hay también una palabra anestésica, que pone a dormir la piel, antes de operar sobre ella, la palabra del sueño y la repetición. Y hay una palabra letal. Palabras que ortigan la piel, incómodas; palabras a las que crecen espinas. Palabras provistas de dientes: "Ármase una palabra en la boca del lobo / y la palabra muerde", escribe la poeta uruguaya Ida Vitale.

Hay, por fin, otra palabra, que pone piel negándola, que pone tacto en la prohibición. Un hombre llega en la noche a un prostíbulo diferente, el que se narra en la poderosa novela de Kawabata Las bellas durmientes. Las adolescentes duermen profundamente tras haber ingerido una poderosa droga. En realidad no se trata de un prostíbulo, y lo que se vende en esta hospedería es la piel que no se puede tocar, la proximidad de un tacto conocido y perdido. Porque los clientes, hombres muy entrados en años, impotentes, se comprometen a no tocar a las jóvenes durmientes.

Lo que imagina la mano que no puede tocar sea quizá más poderoso que lo que finalmente la mano acaricia, y el tacto imaginado, quizá despierte la raíz misma de la sensualidad. La memoria del tacto es la duradera pesadilla del deseo, y la palabra busca el encuentro del guante todavía caliente de esa mano.

FERNANDO VICENTE

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