La sombra encarnada


MENCHU GUTIÉRREZ   12 Agosto 2007

Algunas versiones de esta antigua historia inventan pasados para la Bestia, pero ninguno nos convence, el misterio se resiste a desaparecer, y en realidad la Bestia parece haberse formado de golpe ante nosotros, carecer absolutamente de pasado, o tener unas raíces tan profundas en éste que no pueden ya ser recordadas.

Por otro lado, la Bestia no es un personaje completo sin la Bella, sin el espejo que ésta en sí misma representa: sólo es monstruosa frente a su hermosura. Escuchamos la ronca voz animal, no nacida para el habla, que modula con dolor y apenas utiliza por miedo a asustar a la Bella; también la Bestia esconde sus afiladas y letales uñas -¿cómo podría manejar el cuchillo y el tenedor frente a la Bella, cuyas manos parecen haber moldeado todos los objetos que toca?-. Las mismas carencias y desmesuras que la Bestia suscita en su relación con los objetos se proyectan en su atracción por la Bella, que aparece como una anomalía, que chirría como una patología del tacto; porque, aunque la historia haya sido objeto de lecturas dulcificadas -reduciendo en ocasiones a la Bestia a una especie de noble y herida mascota-, la pulsión sexual que late entre la Bella y la Bestia es de una intensidad extraordinaria, y la verdadera protagonista de la historia no es la cadena de acontecimientos que en ésta se narra, sino esa fuerza de atracción y repulsión -invisible, magnética- que la convierte en una profunda pesadilla del deseo.

La Bestia convoca la idea de lo desconocido, de lo prohibido, de lo imposible; frente a su oscuridad, el candor de la Bella parece inquebrantable. Hasta que nuestra lectura invierte las cargas magnéticas de los personajes. Porque, desde este lado del espejo que es la página del libro, nosotros podemos provocar que ese sosiego aparente se rompa; despertar la pasión de su letargo; podemos entregar a la Bella a la fantasía ilimitada y salvaje de la Bestia, de esta unión contranatura.

La Bestia, una herida deseante, atrae a su vez como una música que sonara en otra habitación, separada de nosotros por un muro. Un muro aquí representado por el pelo que la recubre, por su poderosa dentadura. Nadie lo dice, pero nuestro olfato percibe el olor con el que ha marcado todas las habitaciones del castillo y en el cual el fino perfume de la Bella se diluye. Guarda la Bestia una estrecha relación con el Fantasma de la Ópera, el ser de rostro aberrante que crea un reino de maravillas en los sótanos del teatro -un reino sin espejos, como el de la Bestia- en el que la fealdad de su rostro queda neutralizada por la belleza de la música que es capaz de crear. E igual que el Fantasma parece haber sido segregado por la piedra misma del edificio, formar parte de él, la Bestia guarda con el castillo que habita igual relación de pertenencia; aunque aquí, en vez de música, se concentren -inaudibles, reprimidas- cadenas de rugidos pasionales; una energía contenida, producto del deseo, que se resuelve en forma de poderes mágicos.

La Bestia es a la vez el castillo y el habitante del castillo, una jaula que ella misma ha creado y a la que irremediablemente se somete. Una parte de la Bestia quiere ser hombre para amar como hombre; la Bella debe transformarse en animal para amar al animal. Esa clase de deseo es el que pone en marcha las metamorfosis; y, así, algunos mitos celebran el matrimonio de animales y seres humanos, los dioses adoptan formas animales para poseer y engendrar, y los hijos de tales bodas heredan el conocimiento de dos mundos, un nuevo saber.

Diríamos que este cuento es la presentación de un mito inconcluso, que no hace sino iniciarse, y que sólo nuestra lectura es capaz de completar. Sólo nosotros podemos dotar de verdadero contenido a la Bestia; y es ahí, en la lectura de lo que no se ve, de lo no escrito, donde se realizan las bodas, el matrimonio que nos convierte, por la fuerza de lo imaginado, en descendencia híbrida de esa unión.

En esos pasados inventados para la Bestia y la tranquilidad de conciencia, éste sería un príncipe hechizado a quien el amor de la Bella redime y devuelve su condición de hombre; sin embargo, el poder de esta historia reside en el vértigo producido por la irresistible atracción de lo prohibido, la gama más oscura del deseo.

PEDRO PERTEJO

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