Los vasos rotos


MENCHU GUTIERREZ    25 Octubre 2003


En su libro Cultura y melancolía, Roger Bartra rastrea el carácter melancólico del Siglo de Oro español; melancolía que se apodera de las personas que pierden asideros culturales, emocionales, geográficos, que cuestionan una existencia que parece flotar sobre la nada, alimentarse de puro sinsentido, y en la que el ser vive oculto bajo capas de camuflaje, un comportamiento que traiciona su verdad más íntima. Melancolía de los conquistadores y de los conquistados, de los vencedores y de los vencidos. El ser no se reconoce en lo que dice o en lo que hace, cree hablar una lengua desconocida, prisionero de una secuencia infinita de apariencias hostiles.

El miedo, la inseguridad y la amenaza producen extrañas mutaciones y, desde la antigüedad, en la larga lista de metamorfosis maniacas, encontramos hombres que creyeron ser perros, estar hechos de manteca o carecer de cabeza. No es de extrañar que en una geografía melancólica surja un "caso clínico" como el de la persona que cree ser de vidrio; que tema el contacto con los demás, pues "el otro" representa una amenaza, la de alguien que podría quebrar su frágil envoltura, romper la única protección de su terrible herida.

Aunque seguramente otros muchos les precedieron y muchos más repetirán la melancólica mutación, en el siglo XVII son varios los casos de hombres que se creyeron de vidrio, que expresaron así su temor y su aislamiento. El mismo Cervantes utilizaría esta poderosa imagen para crear al Licenciado Vidriera, aunque no fuese su intención ahondar en el simbolismo de esa envoltura y aprovechara ésta en favor de un ejercicio de desenmascaramiento irónico de la corrupción e insensatez de su tiempo. La lección del vidrio, sin embargo, parece demandar más atención.

Si miramos con fijeza un vaso de vidrio, es casi inevitable sentir que éste nos habla de su destino, de la fractura que contiene, que está inscrita en su naturaleza y que el temor es capaz de radiografiar. La visión de una jarra y de un juego de vasos de vidrio en una alacena produce casi vértigo, y quizá pocas imágenes comuniquen mejor la fragilidad de la existencia.

El hombre que evita contemplar la muerte de frente, y la retrasa, es el hombre de vidrio. A través de esa envoltura, también, podemos ver en su interior, reconocer los órganos que laten en contra del tiempo. Pero la metamorfosis del vidrio comienza por los pies.

En una bella e inquietante instalación de Juan Luis Moraza, el suelo está cubierto por una enorme formación de tacones de cristal -más grandes, más pequeños-, casi un ejército. Los pasos imaginarios de esos zapatos incompletos caminan necesariamente por el mundo de la poesía y de los sueños, pero contienen una enseñanza de tierra que acude a esta llamada de la fragilidad; nosotros los evocamos desde la vigilia y el solo roce del deseo produce un vértigo de cristal, de cristal roto.

La guerra vuelve a golpear nuestra conciencia.

Hace más de dos mil años, el emperador chino Qin Shi Huang Di ordenó la creación de un ejército de terracota -más de tres mil piezas de soldados, caballos y carros a escala natural- que fue enterrado junto al emperador con el fin de proteger su vida después de la muerte. Hagamos emerger a estos soldados de terracota, con su simbolismo de permanencia, y sustituyámoslos por un ejército de soldados de vidrio.

Así es la guerra, un campo de batalla cubierto de fragmentos de muerte caleidoscópica.

Una de las doctrinas cabalistas más relevantes, la de Yitshac Luria y sus seguidores, declaraba cómo el primer ser que emanó de la luz fue Adam Cadmón, "el Hombre primordial", un haz de luz, la forma primera, de cuyos ojos, orejas, boca y nariz irrumpieron las luces de las sefirot, los atributos de Dios. Por fidelidad al esquema divino de las cosas, que implicaba la creación de seres y de formas finitos, para cada uno de los cuales había sido asignado un lugar en la jerarquía ideal, estas luces aisladas fueron capturadas y contenidas en "recipientes" especiales creados con este fin. La luz pasó a llenar los vasos correspondientes a las tres sefirot superiores; sin embargo, cuando llegó el turno de las seis restantes, las sefirot inferiores, la luz irrumpió de una sola vez y su impacto fue excesivo para los vasos, que se rompieron en mil pedazos. La excesiva severidad, la falta de compasión, rompe los vasos.

"Los pobres son los vasos rotos de Dios", como expresara otro cabalista. Fragmentos que se añaden a nuestra vida fragmentada.

Volvemos al escenario de la guerra. Entre las humaredas que ascienden de los edificios bombardeados volvemos a encontrar el temor desbordado, y en sentido descendente, la tierra que absorbe la sangre derramada de los vasos rotos.

Los tacones de cristal y la desorientación de los pasos, muchos ya perdidos, resuenan en algún lugar de nuestra conciencia; también la impotencia parece de vidrio, uno sometido a una enorme tensión, al límite de una fractura forzosamente postergada; las preguntas, todas, parecen caer en el pozo de las preguntas y ahogarse en él.

En la noche de la guerra, podemos, sí, sentir; no enterrar los vidrios rotos.

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