Permanencia

MENCHU GUTIERREZ      21 Diciembre 2002

Los físicos Werner Heisenberg y Niels Bohr, dos de los fundadores de la mecánica cuántica, paseaban cierto día junto al castillo de Kronberg, en Dinamarca, cuando Bohr, según el relato del primero, comentó la extrañeza que le causaban sus propios sentimientos: como científico, sólo podía ver el castillo como una estructura en piedra, reparar en la calidad verde de la pátina del tejado o en las tallas de su capilla. Sin embargo, al saber que Kronberg era Elsinor, el castillo de Hamlet, su impresión cambiaba radicalmente. Como científico, el hecho de que Shakespeare situara en él la morada de Hamlet no debía alterar en nada su percepción del castillo, pero lo cierto era que el recuerdo de esta tragedia hacía de su experiencia un acontecimiento totalmente diferente.

¿Qué clase de energía ponen en juego las piedras de Elsinor, unas piedras que han escuchado las dudas de Hamlet, que se han preguntado por los sueños de la muerte, que han sido eco de la locura de Ofelia o han palpado la sangre del rey de Dinamarca?

Gracias a la fuerza de los sentimientos, las piedras guardan memoria de esas dudas, de esos sueños, y esa memoria, sumida en la materia, se desprende de ésta cada vez que alguien la pone en marcha, al entrar en resonancia con su recuerdo; cada vez que alguien toca el instrumento de la piedra.

Como los antiguos canteros marcaban con un punzón un signo distintivo, su firma sobre la piedra que trabajaban, el sentimiento es capaz de dejar su huella en la piedra.

En el Lie zi, El libro de la perfecta vacuidad, se cuenta la historia de una muchacha que, de viaje hacia el país de Qi, y habiéndose quedado sin provisiones, canta para pagar su habitación en una posada. El sonido, la profundidad del sonido, se enrosca a las vigas de la casa, que siguen sonando sin cesar durante tres días consecutivos después de su marcha, haciendo que todos en la posada crean que no la ha abandonado. El relato deja en nosotros también una estela de significado.

Es la energía de la emoción que se convierte en memoria de sí misma. El espectro del padre de Hamlet es la huella profunda de un crimen que continúa hablando. Junto al Elsinor contemporáneo, Heisenberg y Bohr la sienten. No saben acotarla, no pueden medirla, pero la perciben. No perciben una idea, sino una energía, una vibración que resuena una y otra vez en el tiempo.

Y cuantas más veces se repita, cuantas más veces resuene ese instrumento invisible, mayor será la energía que atrapará al intérprete.

El símbolo de la cruz se superpone al sacrificio de una mirada, entra en sintonía con la cruz misma de una mirada. El linga de los altares de la India es un imán que atrae la oración: la talla en piedra devuelve la fe multiplicada por la fe de millones de fieles; la energía de la fe se incuba en la piedra y rebota hacia el orante, intensamente fortalecida.

La fe tiene la fuerza de un sonido, es un sonido.

Por un momento, al separar las hojas caídas en la lápida del cementerio abandonado, y leer un epitafio, escuchamos el rumor de la piedra que despierta del letargo. Llega el eco del instrumento enterrado; recorremos la distancia del sonido; nos convertimos en receptáculo de un sentimiento; nos reconciliamos con el tiempo.

Pienso en todo esto, cuando contemplo una vez más la pintura de Caspar David Friedich: el viajero errabundo contempla el horizonte de montañas desde una encumbrada roca. A sus pies, un mar de niebla nos habla del duro ascenso. Del viajero sólo vemos la espalda. No hace falta imaginar la expresión que domina su rostro, porque inmediatamente sabemos que es la nuestra: una mezcla de vértigo hecho de distancia y de aceptación. Mi mirada abismada sustituye a la mirada del viajero, multiplicando su alcance; nuestra mirada, la mirada de Friedich, la mirada de otros muchos antes que nosotros: un juego de lentes. El viento surge del óleo y resuena en nuestros oídos. El abismo del cuadro se convierte en el imán del linga y nos devuelve la energía de todas las miradas que se han asomado a él. El vértigo se apodera del mismo horizonte del cuadro.

Heisenberg y Bohr vuelven a caminar junto al castillo de Hamlet. La poesía continúa escuchando el sonido de la piedra y hace de ese sonido la única realidad.

Durante un tiempo, tras la muerte de un familiar, algunos pueblos de la antigüedad tenían cuidado de guardar bien tijeras u objetos punzantes: el muerto rondaba la casa y podía herirse... tan perceptible era la presencia del fantasma, el rumor de quien todavía no había podido partir hacia el más allá, atado aún a la tierra por las cadenas del apego. Su resonancia era casi tangible.

La fotógrafa sueca Miriam Bäckström intenta atrapar en su obra esos fantasmas, esas almas que todavía no han abandonado la habitación en la que alguien acaba de morir, fotografiando espacios aparentemente vacíos. Unas habitaciones en las que, sin embargo, alguien ha llorado; alguien ha sentido miedo; alguien no ha sabido decir adiós. Quizá el instrumento de Elsinor, la perplejidad de Niels Bohr, se traduzca en un sonido a la vista de quien interprete ese vacío, esa reordenación de átomos que se produce ante una partida.

Los sentimientos, más duraderos que las fuentes que los originaron, son dueños de su propia materialidad.

Tantas cosas se quedan realmente, tantos caminos hay para los sentimientos... tantas llamadas y asteriscos en las líneas del tiempo.

Se quedan los misterios y, una y otra vez, los misterios son nuestros imanes.

Misteriosa invitación la del gato de Alicia: en la rama del árbol parece la serpiente del paraíso.

Su sonrisa, o el sentimiento que se esconde tras los barrotes de esa infinita hilera de dientes, no desaparece.

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