Un nombre borrado

MENCHU GUTIERREZ     7JULIO 2007

Es conocido el extraordinario ceremonial que rodea la relación del pueblo mexicano y sus difuntos. Menos familiar, entre nosotros, es el Ritual de la Muerte Niña: una antigua tradición católica que celebra una prodigiosa transformación: la del niño muerto en ángel. El niño, salvado del pecado original por el bautismo pero sin tener aún uso de razón, muere sin haber conocido la maldad del mundo ni el pecado; y así, según esta creencia, Dios, lejos de castigar a unos padres, en realidad les estaría haciendo un regalo, el de ahorrar al hijo los estragos de una vida condenada al sufrimiento.

En algunos museos mexicanos se exhiben retratos de estos difuntitos -realizados sobre todo en los siglos XVII y XVIII, aunque muchos artistas contemporáneos han continuado representando estas escenas- vestidos con sus mejores galas, velas encendidas en las cuatro esquinas del pequeño lecho, que se ha adornado con flores, con encajes y objetos preciosos; niños cubiertos de perlas, engalanados con exquisitas tiaras, coronas e incluso cetros; unos, con los ojos cerrados; otros, con los ojos abiertos pero con la mirada fija en la muerte. Pocas personas podían costear el retrato de un niño muerto; y estos retratos que tenían como misión conservar la memoria de los angelitos, pertenecen claramente a familias de una clase social muy elevada. Sin embargo, al aparecer la fotografía en el siglo XIX, el ritual cobra una nueva dimensión, se podría decir que, de algún modo, se democratiza. Familias de campesinos, de personas humildes pueden acudir al estudio fotográfico para congelar esa imagen del velatorio que les procurará un consuelo y que, además, desea ser celebración. De hecho, todavía hoy, en algunos pueblos de México continúa celebrándose este ritual, en el que suena la música de los mariachis, se tiran cohetes, y adultos y niños juegan y bailan en torno al cadáver del niño que se vela durante toda la noche. En la extraordinaria colección de fotografías que se conserva de este ritual, la madre, el padre y, a veces, la familia completa se retratan junto al niño muerto, convertido en el motivo de un verdadero altar: de nuevo, infinidad de flores cubren casi por completo a los niños vestidos de blanco, a los ángeles recién nacidos. Niños muertos a una vida y nacidos a otra. Las fotografías son de una belleza aterradora, pero, más aún que de los difuntitos, el ojo de la cámara queda prendido de la imagen de los padres. El ritual les obliga a no mostrar tristeza: Dios les ha hecho un regalo; sin embargo, el dolor de la pérdida es desgarrador. El mariachi interpreta el vals Viva mi desgracia. Esta contradicción absoluta del sentir se traduce en una mirada perdida; o, más exactamente, el retrato de la madre o el padre muestra una mirada suspendida. Porque, más allá de la muerte del niño, asistimos a la suspensión de la vida de sus padres, anulados en la contradicción de sus sentimientos.

La muerte del hijo es seguramente una de las emociones negativas más terribles que puede padecer un ser humano. Sin embargo, el lenguaje parece de algún modo resistirse a nombrarla. Todos conocemos la palabra "huérfano", conocemos al "viudo"; también al "desterrado", al "paria"; todos ellos han sufrido profundas pérdidas emocionales y son víctimas de otra clase de suspensión de la vida. Y, sin embargo, no existe un término que nombre a la madre o al padre que han perdido un hijo, una palabra que aluda a ese estado de duelo insoportable. ¿Cómo es posible? Daría la impresión de que el nacimiento de estas palabras, "huérfano", "viudo", "paria", obedeció sin más a la necesidad de nombrar un estado social; que estos términos formaban parte de una nomenclatura. Palabras que luego se habrían ido cargando de un extraordinario poder emocional, como el asociado a la "orfandad"; o a una palabra estigmatizada como "estéril", antiguamente asociada con exclusividad a la mujer que no podía tener hijos, y que era casi sinónimo de "inservible". Cuando la vida tenía no menos valor, pero sí un valor distinto del de ahora; cuando en las familias era normal tener infinidad de hijos y perderlos, siendo aún niños, quizá esa palabra equivalía a cifra en un haber, a un nombre propio borrado.

Hoy, esa palabra que no nació junto a otras, como "huérfano", esa que nombraría a la madre o al padre a los que les ha sido arrebatada la vida de un hijo, representa un terrible vacío del lenguaje.

Jamás una palabra podrá ocupar el lugar del duelo, nunca podrá nombrar la clase de silencio dejado por el hijo; sin embargo, esa palabra inexistente, de la que hablamos aquí sin poder decirla, haría las veces de espejo, de representación. Y ese vacío hace pensar en el tabú del lenguaje, y en la forma en que esa palabra que no se dice está de algún modo más presente que otras que sí son pronunciadas.

Y si el Ritual de la Muerte Niña mexicano constituye una verdadera catarsis del sufrimiento de la pérdida, las palabras también sirven para exorcizar las emociones más terribles. En su libro Conversación con los difuntos, el poeta cubano Eliseo Diego traduce este bellísimo y emocionante poema de Walter de la Mare: "Sólo está el viento donde la rosa estaba, / fría la lluvia donde la dulce hierba estaba, / y nubes como ovejas / trepan por los abruptos / y grises cielos donde la alondra estaba. / No está ya el oro donde tu pelo estaba, / no está el calor donde tu mano estaba, / sino vago, perdido / debajo del espino, / tu espectro está donde tu rostro estaba. / Tristes los vientos donde tu voz estaba / lágrimas donde mi corazón estaba, / y ya siempre conmigo, / hijo, siempre conmigo, / sólo el silencio donde la esperanza estaba". Nos damos cuenta de que sólo la poesía se acerca a ese lugar suspendido del que hablábamos al principio, el que expresaban los rostros de los padres huérfanos. Porque a falta de otra palabra, los padres son los huérfanos de sus hijos muertos. "Donde tu rostro estaba... / donde tu voz estaba...

". Ese donde que ya no está es la tierra de nadie, ese espacio, no fronterizo, sino entre fronteras: lo que ha dejado de ser y no es todavía.

La Iglesia católica ha decidido recientemente clausurar el limbo, sacar a los niños no bautizados de esa tierra de nadie situada entre el cielo y el infierno donde tenían que vivir eternamente, sin pena ni gloria. Ese espacio que la imaginación de Dante convirtió en un "Noble Castillo" y que -asunto tan espinoso, tan doloroso- fue desde sus inicios un verdadero tabú. Porque, más que el placer considerado pecaminoso, quizá el mayor hacedor de tabúes sea el dolor.

El limbo quedará entonces para nombrar la no existencia a la que están condenados la madre huérfana, el padre huérfano de hijo. El limbo será la tierra de nadie, la nube ininterrumpida que cubre los ojos de sus imposibles retratos.


Fernando Vicente

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