Convencida de que la mejor forma de comunicar algo es a través de la emoción, para escribir sobre la nieve y sus metáforas Menchu Gutiérrez se ayuda de su propia experiencia y de la de otros escritores y poetas para quienes la nieve no es o ha sido un mero escenario literario, sino materia misma de la escritura. Cargada de profundos simbolismos, la fascinación producida por su belleza es universal; sin embargo, la nieve actúa como espejo de quien la contempla y, así, puede mostrarse benéfica y maléfica a un tiempo, constituir un paisaje ideal o una cárcel. Esa gran diversidad de miradas hacen que por estas páginas desfilen autores tan dispares como Dostoievski, Walser, Tsvietaieva, Hemingway, Santoka o Maupassant.

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Hace mucho frío, un frío de naturaleza afilada, cortante. Movido por el viento, un finísimo bisturí de hielo nos marca la cara con una filigrana. De pronto, el viento cesa; si antes estaba concentrado, el frío ahora parece expandirse, esponjarse. Es como si esta clase de frío fuera bálsamo del frío anterior, el que nos hería. La lluvia enmascarada en el viento vive una repentina transformación y pierde peso; la cortina de aguanieve dura sólo unos instantes, los suficientes, sin embargo, para generar en nosotros una gran inquietud. Nos preguntamos: ¿qué va a suceder?, ¿se producirá el milagro?, ¿se completará la metamorfosis?

El nacimiento de la nieve es una operación mágica: lo que hace un instante eran diminutos dardos de hielo, ahora parecen pétalos de seda fría que cayeran sobre nosotros bendiciéndonos. ¿Seda fría? Decimos que la aparición de la nieve «templa» el aire. Y lo cierto es que, si prestamos atención, advertimos que un extraño calor, un calor extranjero, se abre paso en medio del frío: éste es el primer milagro, el primer acto de magia operado por la nieve. Su llegada ha creado una especie de paréntesis de la temperatura... Porque este frío parece fantasma del frío real que lo precedía; parece haber cedido espacio, hablar desde otro lugar, desde lejos.

Llega la nieve. Primero, en forma de lenta colonización del espacio; pronto, la suma de todos esos fragmentos empieza a cubrir la tierra, los tejados, las ramas de los árboles. Rogamos en nuestro interior que no se detenga, que siga nevando y no haya vuelta atrás.

La nieve borra una realidad e instaura otra. El mundo conocido queda sepultado bajo el manto blanco y, sin dejar de ser, se vuelve invisible. De algún modo, la nieve pone a dormir una parte de nosotros y despierta otra. La vigilia queda abajo, y ahora caminamos por el territorio del sueño. ¿O quizá sea al revés? Imposible saberlo, o al menos en el mundo de la imaginación literaria.

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