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Siempre escribimos el mismo poema, siempre venimos del mismo sitio, siempre hacemos la misma pregunta.  Y si todo lo que Juan de la Cruz dice de la experiencia mística es válido para la experiencia poética, y ambas se expresan siempre después de la experiencia, y son siempre recuerdo, ¿qué diferencia a una de otra? ¿Existen grados de saturación de la nada? La experiencia mística busca el lenguaje poético para ser expresada; la experiencia poética, ¿es la transmisión misma? ¿Ve la poesía el umbral de la indiferenciación y toma formas en proceso de desintegración, es la poesía el tiempo diferente en el que estas formas se ordenan, en el infinito de las representaciones?

Por encima de cualquier otro texto bíblico, el Cantar es el libro clave de la vida del místico y del poeta. Una cadencia, una respiración que encuentran perfecto acomodo en su espíritu y alientan la materia  creativa. En la llave perdida de ese candado, encuentra Juan su propia llave.

Haciendo referencia al uso tantas veces indiscriminado de los tiempos verbales en las lenguas semíticas, escribía fray Luis en el prólogo a su traducción del Cantar:  «La palabra vine, que es de tiempo pasado, declaramos de tiempo venidero, diciendo yo verné, y así las otras cogí, comí, comeré, beberé porque es cosa muy usada y recibida en la Sagrada Escritura poner lo pasado por futuro, y al revés» (OCC, p. 146). «Lo pasado por futuro, y al revés», conociera o no Juan la traducción de fray Luis, los eslabones perdidos de la cadena temporal  están también presentes en la traducción latina de la Vulgata que él manejaba, y nos acercan a uno de los misterios de su poesía. En realidad, a uno de los misterios de toda poesía, y que él es uno de los primeros poetas en trasladar a un poema, una experiencia distinta de la temporalidad.

El tiempo poético es una tormenta; llueve torrencialmente sobre el libro, y las gotas, indistinguibles unas de otras, arrastran la palabra. Buscando lo mismo, otros místicos y otros poetas, en lugares remotos, encontraron formas diferentes de hacer desaparecer el tiempo. La perplejidad ante la paradoja, que tantas veces se apodera de la poesía de Juan, produce un espacio para la desaparición del tiempo, un vaciamiento que es punto de partida para la experiencia del todo. «Aplaudir con una sola mano» dice el zen;  «El águila que pone su nido en un árbol que no existe» dice la cábala, ninguna de estas expresiones están lejos de las leyes de lo imposible que parece instaurar el Cántico Espiritual .



Entre lo visible y lo invisible, entre lo que es sueño y lo que es vigilia, entre lo que es sonido y lo que es silencio, en esa región indiferenciada se encuentran todas las metáforas y la saliva con la que se engastan. Si Ibn Arabi nos habló de una Raíz de raíces para expresar el Absoluto, podríamos decir que existe también un Poema de poemas; que, en realidad, todos los poemas tienen la misma raíz.