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«Diríamos que el tiempo existe porque nosotros existimos, porque el reloj somos nosotros mismos, porque contamos con un órgano llamado reloj que, a diferencia del corazón, los riñones o el hígado, resulta ilocalizable en el mapa del cuerpo, quizá porque vive, invisible, disuelto en todos ellos».


Este libro versa sobre las formas en que la palabra poética ha abordado el cómputo del tiempo y, en definitiva, sobre la esencia del mismo: desde el latido del corazón o el tañido de la campana a los días de la semana, los meses, las estaciones o los calendarios. El tiempo se cuenta con los sentidos y se lee en las distintas huellas que deja en estos, en el canto del gallo, en la cera de una vela que se derrite o en el olor que perdura más allá de una presencia.


Con decidida libertad, Menchu Gutiérrez se adentra en la multitud de relojes creadores de este inasible concepto. Apoyándose en las voces de escritores y poetas, y en ideas y metáforas propias, se detiene en los umbrales y los claustros del tiempo, lee en los estratos geológicos de la tierra o nos muestra un rico y sorprendente inventario de tiempos crecidos fuera del tiempo.

De alguna forma, todos reconocemos lugares del tiempo donde ya no hacemos pie, como si nos adentrásemos en el mar por primera vez y tuviéramos que aprender a avanzar de un modo distinto: no siempre somos capaces de completar la metamorfosis que demanda el nuevo medio en el que nos encontramos.

Muchas veces, la fisonomía que adquiere el tiempo nuevo tiene para el anciano unos rasgos que no sabe interpretar, igual que el joven no es capaz de percibir los latidos de un tiempo que cree irreversiblemente marchito. 

  El hijo mata al padre, la idea mata a la idea, el lenguaje se desprende de palabras que arroja lejos de sí como si constituyeran un lastre, y el tiempo se mimetiza con los múltiples rostros que la vida va adoptando en su transcurrir. 

Que el tiempo va demasiado deprisa o demasiado despacio es la queja que se repite una generación tras otra: se repite porque el tiempo no es igual para quien está quieto que para quien corre. 

Actores o espectadores del tiempo, todos nos preguntamos si existe un límite a la aceleración creciente impuesta por la tecnología.

Nacemos afectados por una enfermedad hereditaria llamada tiempo que, indefectiblemente, nos conducirá a la muerte; convivimos con esta dolencia incurable que tratamos con distintas medicinas, y el corazón, sincronizado al histérico diapasón, parece resentirse de una velocidad que parece también acelerar la muerte.

  Es posible que, sin saberlo, viajemos en un tren cuyo maquinista ha perdido el conocimiento y aplasta con su cuerpo el mecanismo que acciona el acelerador.