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Muchas veces he tenido la secreta sensación de que el faro era un ser vivo, un animal inmovilizado por un hechizo. Subía las escaleras de la torre y me parecía hacerlo por el interior de un tronco erguido. Cada peldaño correspondía a una vértebra.

De ahí quizá la aprensión, el temor a estar usurpando un espacio que no me pertenecía. Otras veces, la torre se convertía en un templo consagrado a una religión extraña, en el que la materia a la que se rendía culto era la luz. Cuando me acercaba a la óptica, el gran ojo del faro, pensaba que el animal, ofendido por mi presencia, podría castigarme con la ceguera. También, al desconocer el ritual de la luz del templo y equivocar el paso, la escalera de caracol, provista de un invisible mecanismo de defensa, podría abrirse a mis pies, dejándome caer en un pozo.

Pero, incluso cuando mi mente estaba tranquila y ninguno de estos avatares tomaba posesión del edificio, tampoco entonces subía la escalera de la linterna en paz, y la respiración siempre ha ido en mi contra, peldaño a peldaño; no por el esfuerzo físico, sino por el desasosiego; cada peldaño, una moneda de inquietud en el pecho: el precio a pagar por un sentimiento de extranjería que nunca me ha abandonado.

Sin embargo, hoy que asciendo la escalera por última vez, lo hago, si no en paz, sí con la certidumbre de que el faro sabe que es nuestra última noche, percibiendo solemnidad y respeto en su forma de no oponer resistencia, una suerte de reconocimiento ante la despedida, de reparación.

Y si el gran ojo de cristal tallado fue siempre la meta única de la subida a la torre, hoy asciendo también por la espiral de un oído, o mejor, avanzo oído adentro, como hacia el centro de una caracola, y los peldaños de piedra arenisca se transforman en celdillas de nácar de un nautilus, o en las teclas de marfil de un instrumento musical en construcción.

Creo que estoy hablando al oído y a la memoria del faro.[..]

Durante más de veinte años, Menchu Gutiérrez vivió en un faro de la costa norte de España. El faro por dentro es el relato del último día de esta larga y profunda experiencia y «un homenaje a la luz que hace de éste y de todos los faros del mundo uno solo». Acompañando a este texto, Siruela recupera también, revisado pro la autora, Basenji, la inquietante historia de un farero y su perro africano, un verdadero thriller psicológico que se desarrolla entre los destellos de luz y oscuridad del faro.

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