La plaza tiene forma ovalada y un jardín en el centro. Las doce casas, de dos alturas y semisótano, son iguales y están pintadas de blanco. A la entrada de cada una de ellas hay una verja y un pequeño tramo de escaleras que conduce a la puerta principal.

Hace mucho frío y llevo subido el cuello del abrigo. Acaba de anochecer, y en el interior de cada casa hay alguna luz encendida.

La plaza está desierta y sólo yo miro el reflejo de las farolas, también encendidas, en algunos de los charcos dispersos sobre el asfalto. Con el pie enfundado en la bota de goma, muevo el agua del charco para ver cómo la farola reflejada tiembla de irrealidad, cómo la luz se contonea, por el mero placer de imprimir movimiento a la quietud, a la soledad de la escena. Hago esto con las manos en los bolsillos, acariciando con los labios el cuello del abrigo y humedeciéndolo con vaho caliente.

Me sumerjo en el jardín de la plaza. Tras circular por los caminos de tierra y llegar al centro del jardín, me encuentro con otra plaza diminuta, con un claro desde el cual comienzo a girar la cabeza y a barrer la plaza con la mirada, de izquierda a derecha.

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Continúa nublado y no hay luna, ni estrellas. El cielo adquiere lentamente un tono rojizo que presagia nuevas lluvias.

En el centro del jardín aprendo lo que he venido a hacer aquí, y mientras las primeras gotas, pesadas y gruesas, comienzan a golpear la tierra y a doblar las ramas infantiles de los árboles, me encamino hacia la primera casa; abro la pequeña verja de la entrada, subo los peldaños del número uno, y, sin llamar, y sin llave, empujo la puerta que se abre sin oponer la menor resistencia. [...]

Doce casas iguales rodean un jardín de cuyo centro irradian las leyes invisibles del tiempo. La mujer se dirige a la primera de las puertas, que se abre sin llave, y descubre un interior, absorto en sí mismo, en el que otra mujer lleva a cabo una tarea. En cada casa hallamos una labor diferente, las moradas se suceden como los meses y las estaciones, y la mujer visita el corazón ensimismado de estas estancias íntimas. El lápiz en el papel, la aguja en la tela, los dedos en el piano, el cuchillo en la tabla… los distintos alfabetos de un único oficio de luz y de tinieblas.