[...] Ella sólo reconoce el suelo bajo sus pies y lo demás pertenece a otro tiempo, futuro o anterior, nunca presente. El calor y el frío se confunden.

El sonido también parece haber caído en una emboscada, y Ella no sabe si lo que empieza a escuchar es el lenguaje encadenado de las hojas o reclamos animales secuestrados por la niebla. Continúa su descenso y percibe que también el sonido desciende al valle; que el sonido parece provenir del fondo del caldero de la niebla; que, a pesar del secreto que lo recubre, sólo el sonido posee orientación.

Paso a paso, Ella descubre la melodía que recorre el sonido, y paso a paso  la reconoce como la melodía que escuchara en su sueño.

Los millares de ojos de la niebla comparten una sola boca y, en esa cavidad, una lengua roja, bien guardada, habla de un viaje.

Ella se encuentra junto al río, del cual sólo distingue una orilla y un solo costado de agua verde; junto a esa orilla cae de rodillas, apoyándose en el tronco      de un árbol.

Ella sabe que al otro lado del río se encuentra el origen de la canción  y aguza la vista, como si tuviera algún poder sobre la terquedad de la niebla y sus ojos la capacidad de aumentar el sonido. Sólo percibe una presencia más oscura que la niebla, sin perfiles. Las palabras atraviesan una cortina de terciopelo blanquecino y se mezclan con el sonido de pisadas, las pisadas delicadísimas de un gigante. La canción no termina de hacerse y repite unas notas rebeldes, como si también ésta tuviera que recordar una melodía incompleta.

Ella se sienta y apoya la espalda en el tronco del árbol. La voz deja de oírse y cree que la figura se inclina hacia el río para beber: cree ver el pelo negro, corto y lacio, y una mano que, abarquillada, toma agua y la lleva a los labios. Ella siente un terror repentino y, esta vez con claridad, ve la mano que sube, como el cubo de un pozo, también la posibilidad de ver su cara... pero la figura se retrae en el último momento. Ella puede ver cómo el hombre sin rostro se levanta, y cómo la mancha gris se adelgaza en la niebla hasta desaparecer. Vuelven a escucharse los restos de la melodía, deshilachándose.

Ella sabe que no puede cruzar el río, que está clavada a su orilla, como el árbol sobre el que se apoya, y que sólo su deseo vadea las aguas y sigue las contorsiones de la canción. Sin darse cuenta, encuentra su abrigo desabotonado.

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Ella percibe cómo la niebla se cuela por debajo de la falda y empieza a operar en sus piernas. Respira entrecortadamente, suspendiendo la respiración, como si quisiera evitar el menor ruido, ofrecer la menor resistencia a esta labor. Millones de dedos fríos le bajan las medias de lana, millones de ojos son testigos de la enorme lengua de niebla que sube y baja por el cuello y la nuca de Ella, de la sangre blanca que se agolpa en los labios, de la lividez de un deseo diferente.

Ella separa las piernas y ayuda al trabajo de la niebla, un animal que la olfatea desde la mañana, y que, perfectamente orientado, se arremolina a la entrada de su sexo. La niebla apuntala la flexión de las rodillas.

Ella separa los labios y pronuncia la aceptación. La niebla entra en Ella.

Para triunfar, la niebla no necesita embestir, y se limita a cerrar los ojos de Ella y a respirar en su interior, en el pasillo húmedo, donde el calor de las paredes se frota contra el frío extranjero.

Ciega de niebla y llena de niebla, Ella se transforma en un erizo y lanza sus púas, agigantada por el placer que la consume por dentro.[...]

¿Puede el deseo encarnarse en un perfume, en un sonido? ¿Es el deseo un astro que se interpone entre el corazón y la luz, una luna capaz de provocar un eclipse de la realidad? ¿Puede el deseo cruzar la línea que separa el mundo de los vivos del mundo de los muertos? ¿Cuántos lenguajes puede aprender el deseo para llegar a ser? Potencia de lo desconocido, Latente es afirmación de todos los corazones posibles.