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Contaba William Faulkner que cuando comenzó a escribir Las palmeras salvajes, no sabía que el libro terminaría por dar a luz dos historias independientes. Al terminar la primera parte de Las palmeras salvajes, la historia de una pasión amorosa herida de muerte,  siente que la narración decae, la falta de algo, quizá de una especie de contrapunto. Entonces, empieza a escribir El viejo, una historia diferente sobre un presidiario que huye de su amor, quizá de la misma libertad de amar. En ese proceso de escritura, enfrentadas una historia a la otra, Faulkner se da cuenta de que la primera vuelve a ganar en intensidad. Pone un punto provisional a El viejo y regresa a la redacción de Las palmeras salvajes, sólo para volver a la segunda historia  más tarde, y de nuevo a la primera, manteniendo este ritmo de interrupciones y reanudaciones hasta el final de la obra. 

Una historia se refleja en la otra sin que medie un espejo entre ambas. Así, el libro termina por convertirse en la suma de dos novelas por entregas cuyo ritmo de lectura, las pausas impuestas por el autor entre una historia y otra, parece tener una misteriosa y tensa misión unificadora.  Separar para unir. Tensar la espera, pero llenarla de nuevos contenidos. 

Quizá Faulkner se da cuenta de que las historias están naturalmente inscritas en una historia más grande, una historia que es también una no historia, una colección de soledades. Y así, todo el libro, queda conformado como un extraño tejido en el que una novela sería la trama y otra la urdimbre. El tejido sin embargo es invisible. Sólo la lectura del libro puede reconstruir una realidad de naturaleza fragmentada, tender puentes entre personajes que persiguen quimeras y personajes descreídos e inmóviles; entre la pasión que aflora a la superficie y la pasión que vive sumergida; entre los sentimientos de quien cree hacer uso de la libertad y los de quien piensa que ésta ni siquiera existe; entre la generosidad que actúa y la generosidad bloqueda en una pura interrogación; entre lo que es y lo que no llega a ser. [...]

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